 Por Ernesto Julio TEISSIER Buzo, Caperuzo, como dicen los chilangos. No lo vayan a convencer la TV, el radio y la prensa capitalinas con su silencio cómplice sobre el gran frentazo de la Operación Cero Tolerancia. Cierto que no hay informes oficiales y que los medios defeños sólo van a buscar al extranjero las notas que les interesan, algo que no les ocurre con el siempre-no-voy de Rudolph Giuliani, que desde principio de la semana debió haber arribado a México y no solamente no llegó, sino que no hay ni para cuándo se reanuden sus negociaciones con Andrés Manuel López Obrador. Relacionado con esta discusión del Foro de CIUDAD POLITICA.
La maquinita publicitaria del ex alcalde neoyorquino, siempre bien aceitada, funcionaba a la perfección hasta que se habló en concreto de las condiciones en que el Hombre del Bronx vendría a chilangópolis. Los que iban a firmar el pacto pidieron que se les expidieran permisos para portar armas a los cuatro o seis agentes de seguridad que el temerario Rudolph no utiliza en Nueva York, pero sí quería en México después de que sus avanzadas le reportaron cómo estaban las cosas por Tepito, Xochimilco y otro par de paraísos turísticos de la metrópoli.
Todavía eso se supo en boletines oficiales. Marcelo Ebrard, el “polaco metido a chota”, como le dicen en la Buenos Aires, se negó a tramitar ante la Defensa los permisos, y ofreció que la “secretaría de seguridad” del gobierno amarillo del D.F. le proporcionaría a Giuliani toda la protección “oficial” dijo, que hiciera falta. Y allí se descompusieron al mismo tiempo el audio y el vídeo de los comunicados de prensa: se supone que el equipo del ex alcalde neoyorquino habrá respondido algo, pero esa respuesta no salió a los medios, que allí empezaron a hacerle el “cono del silencio” a López Obrador.
Sin embargo, los murmullos del cortejito de íntimos con que el Hombre de la Chontalpa llega a sus conferencias de prensa de la madrugada dejó escurrir la información que oficialmente se había suprimido: Rudolph Giuliani había dicho, al ofrecimiento de Marcelo Ebrard, que no, que muchas gracias pero que Giuliani sería custodiado en la Metrópoli por sus propios jenízaros o por ningunos, porque si no se los admitían no iba a venir. Allí está la causa para el ocultamiento de la respuesta: que de ella se traslucía que Giuliani, aun sin haber llegado, había visto el calibre del problema y decidido no arriesgarse a pecho abierto.
Desde aquella fecha (y han pasado ya más de cinco días), Andrés Manuel López Obrador, el gobierno amarillo del D.F., Marcelo Ebrard, y todos los personajes que el perredismo ha conseguido que lo ayuden, están empeñados en convencer a Giuliani para que acepte la protección de los “gendarmes con moscas” de la Ciudad de México. Y cero, y otro cero, y échenle más, que al cabo no cuentan: nadie ha conseguido que el ex alcalde decida afrontar el peligro del hampa capitalina sin sus guaruras de confianza. Habría sido divertido conocer los términos exactos de las pláticas de avenencia que no han conseguido avenir a los que no se ponen de acuerdo y que amenazan con exhibir, a todo color y con sonido “sensurround”, las verdaderas proporciones de la inseguridad capitalina.
Todo ese papelón internacional, que tarde o temprano se conocerá de cualquier lado de la frontera, se hubiera evitado si López Obrador y sus gentes no hubieran tenido tanta prisa por acallar las protestas de los empresarios por la ola criminal que azota a la Ciudad de México: todo el proyecto era un jarrito de Tlaquepaque, brilloso pero quebradizo, porque Giuliani de todos modos no habría podido hacerle entender a López Obrador que la primera condición para acabar con el hampa es limpiar a su propia policía. El chontal les tiene miedo a los de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, y no correrá el peligro de que lo acusen de solapar la brutalidad policíaca.
Y ese recurso, el de integrar una policía limpia de sobornos, pero feroz y dada a cometer toda clase de abusos, fue el que utilizó Rudolph Giuliani para limpiar del hampa callejera a la Ciudad de Hierro.
En la redacción de los diarios neoyorquinos tendrán archivada la suma de lo que la ciudad pagó por las escandalosas demandas que el Cabildo perdió ante ciudadanos que acusaban a “los mejores de Nueva York” —así les decían— por propasarse, atropellar, excederse, forzar y violentar los derechos de negros e hispanos: Giuliani y sus munícipes aceptaron pagar porque les convenía.
Pero en la capital mexicana el “Robocop 2000” no habría servido para maldita la cosa: aquí no hubiera podido destruir los lazos de interés común que existen entre los mandos medios y altos de la policía y los hampones, que ya no son únicamente bandas sino barrios enteros: la Buenos Aires, Santa Juana, Los Siete Compadres, y, desde luego, para que nadie se enoje, Tepito. Los jefes de esas barriadas hamponiles tienen, sobre la policía, más fuerza que Andrés Manuel y Marcelo juntos, con Giuliani encima de los dos.
¿Se imaginan ustedes quiénes iban a proteger al héroe mitológico de la Tolerancia Cero?— E.J.T.— Saltillo, Coahuila, noviembre de 2002. mexico@ciudadpolitica.com |