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Análisis : Movimiento Sindical Colombiano: Arremetida neoliberal y perspectivas.
Enviado por Carlos Wladimir Gómez Cárdenas el 25/1/2005 23:41:01 (7972 Lecturas) Artículos del mismo redactor
Análisis

Por Carlos Wladimir GÓMEZ CÁRDENAS*
Finalizó el siglo XX en un ambiente de crisis. El esfuerzo de la humanidad por acabar con las desigualdades sociales y la búsqueda de bienestar colectivo ha sido dejado a un lado por la dictadura del mercado y la nueva fase del desarrollo capitalista - globalización -. La política se ha visto relegada por la economía. Para nadie es un misterio que esta época tan especial, en la cual el capitalismo ha experimentado una reestructuración regresiva a escala planetaria, se encuentra dominada por una ideología: el neoliberalismo.

Esta ideología de dominación ha impuesto sus parámetros alrededor del mundo, afectando directamente intereses sociales y ampliando aún más la brecha social existente.

El cambio de paradigma global y la nueva fase de acumulación del capitalismo ha influido directamente en el plano nacional, particularmente en la actual crisis del movimiento sindical colombiano y en las relaciones laborales, por medio de cambios normativos, cambios económicos, cambios en la empresa, y cambios en la composición de la mano de obra.

En este contexto es relevante realizar el análisis de las incidencias de las transformaciones neoliberales y plantear las perspectivas del movimiento sindical colombiano dadas las actuales circunstancias de cambio.


Incidencias del cambio de paradigma y la nueva fase de acumulación en el movimiento sindical colombiano.

El neoliberalismo tiene dos corrientes, una económica y otra política: la primera reivindica las fuerzas del mercado como punto óptimo de principios de organización social; y la segunda ataca la presencia del Estado como enemigo de la libertad individual, se identifica por la privatización, la liberación de los mercados, la negación del proteccionismo, la disminución del tamaño del Estado, entre otros.

El modelo neoliberal actual promueve, fundamentalmente, la total libertad de movimientos de capitales, bienes y servicios; una amplia apertura de las economías de las naciones; y las relaciones de competencia en el mercado mundial, dentro de una absoluta independencia. Fomenta la eliminación de las funciones reguladoras del aparato estatal, junto con la desnacionalización y la privatización de sus bienes y servicios. En otras palabras, el papel del Estado se transforma dejando al mercado como encargado de determinar el crecimiento de la producción, distribución, renovación tecnológica, e incluso, de la atención de las necesidades sociales.

El discurso neoliberal se suma a los sectores que critican la incapacidad del Estado como administrador y empresario, al tiempo que aporta una serie de nociones, interpretaciones y principios que promocionan el nuevo modelo económico. Entre estas nociones y principios, elevados a la categoría de dogmas universales por parte de los neoliberales, se pueden mencionar: la competencia, una fuerte disciplina laboral, el pragmatismo y el reemplazo de las agrupaciones sociales de masas, como agentes intermediarios e interlocutores principales en la sociedad, por grupos pequeños o por individuos. (Rodríguez, 1997)

Bajo la ideología neoliberal se han dado procesos de apertura y globalización de la economía que han producido fuertes cambios en el sistema económico - productivo - y más específicamente en los métodos de la producción, de organización del trabajo y de las relaciones industriales.

Anteriormente, bajo los parámetros globales de Keynes, el sistema de producción de las empresas era predominantemente Fordista o Taylorista al que correspondían estrategias de manejo de las relaciones industriales laborales que aceptaban la existencia de una división estricta de funciones en el proceso productivo entre la dirección de las empresas y los trabajadores, donde la organización de la producción, de las políticas tecnológicas y de la empresa corresponde a los empleadores, mientras que los trabajadores y sus organizaciones sindicales sólo estarían interesados en la redistribución del beneficio social creado en la producción, es decir en la disminución de la plusvalía y lógicamentede la tasa de ganancias mediante luchas reivindicativas por la contratación directa, la estabilidad, incrementos saláriales y prestaciones sociales.

La participación en los beneficios del proceso productivo unificaba a los trabajadores para obtener mejores condiciones remunerativas y también en ocasiones presentaba reivindicaciones macro sobre el alcance, manejo y políticas del Estado y protección de los mercados nacionales dentro de la misma visión de redistribución del producto social.

Pero el desarrollo de la apertura y globalización que ha llevado la competencia económica hasta los mas apartados rincones del mundo, tiene como consecuencia el cierre de multitud de empresas que no estaban preparadas para el embate, el traslado de unidades de explotación a otros países y el desmoronamiento de las políticas estatales protectoras y / o reguladoras de los mercados nacionales, que de paso enterraron la concepción del llamado Estado de Bienestar. (Silva, 1998)

Debido a estos cambios estructurales se pueden observar diversas tendencias en el manejo de las relaciones laborales dentro de las cuales tenemos: i) reducción de las remuneraciones de los trabajadores menos calificados; ii) reducción de los niveles intermedios de gestión; iii) polivalencia y reducción de oficios; iv) desempleo y desregulación; v) debilitamiento de las organizaciones sindicales, entre otras.

Dichos cambios son de orden normativo, económico, en las empresas, y en la composición de la mano de obra, los cuales inciden de manera particular en el desarrollo de las organizaciones sindicales.

Los cambios normativos se llevaron a cabo a partir de la década de los 90’ con el ánimo de adaptar la legislación nacional a las transformaciones sociales y económicas fruto de la globalización y la imposición del modelo neoliberal. Lo que se pretendió con estos cambios fue la desarticulación y limitación de la capacidad de expresión del sindicalismo como actor social, con el único propósito de reconocerle solamente el papel de interlocutor respecto a intereses particulares de carácter económico, ligados a la situación especifica de cada empresa, lo cual, reduce la participación de los sindicatos en los procesos de modernización de las mismas.

En cuanto a los cambios económicos, la actuación de los sindicatos está fuertemente condicionada por la apertura efectuada en la economía nacional para insertarse en el mercado internacional, colocándolos, por tanto, en un contexto que transciende fronteras y que los obliga a adecuar permanentemente sus condiciones internas a la evolución de las condiciones externas de producción y distribución.

Aspectos tales como el costo de la mano de obra, los niveles de protección social, la seguridad social, la salud y el bienestar de los trabajadores, ya no constituyen fines en sí mismos que puedan ser vistos, como en el pasado, en función de los logros internos de la industrialización. En la actualidad, el crecimiento depende de la competitividad en el ámbito mundial y nacional, y de captar inversión extranjera para suplir la falta de recursos internos.

En éste complejo contexto de cambios económicos, se hace cada vez más difícil para las organizaciones sindicales lograr aumentos salariales y nuevas y mejores condiciones de trabajo y de vida, no siendo así capaces de satisfacer las demandas de sus bases.

El resultado final es una progresiva baja en los niveles de afiliación y representatividad; el surgimiento de grupos de trabajadores que negocian individualmente o corporativamente, al margen de los sindicatos; y el descrédito del sindicalismo como movimiento social.

De otro lado, los procesos de privatización coadyuvaron a la “precarización” del empleo (condiciones económicas, contratos, etc.) convirtiéndose en un factor importante para la modificación del marco institucional de las relaciones laborales, en especial si se considera que las empresas del Estado reflejan de manera nítida la política laboral que él mismo impulsa. Así tan pronto como se privatiza una empresa estatal desaparece el parámetro de evaluación de los compromisos que éste estaba dispuesto a asumir con los sindicatos. Así mismo como consecuencia de las privatizaciones y de los despidos provocados por la reestructuración, se ha ido contrayendo el sector público, espacio en que los sindicatos eran poderosos.

En suma, los cambios económicos tienden a evitar a toda costa que el sindicalismo continúe siendo un actor político, para confinarlo a un papel de agente microeconómico que únicamente gestiona acuerdos de empresa o como un mero “tramitador” de compromisos, en función de cuestiones específicas y particulares.

Por otra parte, los cambios en la empresa promueven una nueva cultura productiva, una nueva relación entre empresa y sindicato que comienza en la planta, y que debería reflejarse a nivel de los nuevos pactos políticos y de los nuevos mecanismos de relación consecuentes. Tal relación se ve cuestionada por muy diversos factores: los costos sociales que los trabajadores tienen que asumir en término de pérdida de empleos; proceso de desindicalización; pérdida de poder adquisitivo y recorte de instituciones públicas que apoyan el salario, la educación y la salud del trabajador y su familia; la cultura de confrontación que aún persiste dentro de la empresa, debido a que estas insisten en obtener la cooperación incondicional de los trabajadores, sin comprometerse a cubrir expectativas relacionadas con la participación en la gestión, la estabilidad en el empleo, la formación profesional del trabajador, o la salud laboral.

A ello se suma la disminución del papel del Estado tanto en la tutela de los derechos de los trabajadores, como en su papel de mediador en el desarrollo de las relaciones laborales, las cuales según el nuevo modelo pasan a definirse empresa por empresa sin propiciar, paralelamente, el establecimiento de verdaderas fórmulas autónomas de regulación.

El resultado de tales cambios en la empresa es un panorama confuso, de desorientación en el que las organizaciones sindicales han perdido su verdadera capacidad de decisión.

Los cambios en la composición de la mano de obra se encuentran en estrecha relación con lo anterior. La tendencia en dichos cambios es la expansión de sectores como servicios y comercio que han dado lugar al surgimiento de grupos de trabajadores formados por jóvenes y mujeres, en general con escasa calificación técnica pero con escolaridad relativamente alta. Se ha conformado así, una cierta clase media laboral en el sector privado que viene a remplazar, en parte, a la predominante antigua clase media educada de servidores y oficinistas públicos, reducida drásticamente por la contracción del empleo y la privatización en el sector estatal.

No obstante, hay que mencionar también que parte de este grupo de trabajadores corresponde a generaciones de jóvenes tecnócratas, calificados en la administración de negocios o en las tecnologías de la informática. Esto dualiza el estrato al que nos estamos refiriendo entre una élite mejor pagada y tecnificada y una masa de empleados que en su mayoría no está organizada; no negocia colectivamente; no disfruta de los beneficios y de las protecciones que otorgaba el empleo en la burocracia pública; y se desempeñan en microempresas de servicios totalmente diferentes a las complejas instituciones de la administración del Estado.

De otro lado, la reducción de los mercados de trabajo formal, ha hecho más prominente el trabajador informal. El número creciente de trabajadores que ha pasado a formar parte de este nuevo sector económico, y que no pueden ejercer el derecho de negociación colectiva, no constituye un terreno fácil para la actividad sindical, generando una situación especialmente compleja para los trabajadores. La expansión del sector informal debilita enormemente los esfuerzos de los sindicatos para organizar y movilizar a sus bases, y por tanto la posibilidad de cumplir su función en la sociedad. El crecimiento del empleo temporal y del sector no estructurado de la economía supone la reducción del número de trabajadores que pueden organizarse, lo que entraña problemas de representatividad; también supone la fragmentación de la mano de obra, pues coexisten, en el mismo lugar trabajadores con diferentes condiciones de empleo, reduciendo así la fuerza sindical en la negociación colectiva.

El debilitamiento del área tradicional sindical, es así palpable y el nuevo panorama obliga a las organizaciones sindicales a establecer parámetros de negociación diferenciados, de acuerdo a las distintas situaciones y tipos de asalariados que se mueven en el mercado laboral.

Lo anteriormente mencionado indica una progresiva transformación del tipo de estructura y composición del empleo sobre el cual operó históricamente el sindicalismo. Por tanto, la imagen típica del sindicalizado: trabajador manual de la industria, hombre, a tiempo completo y con cierta estabilidad en el empleo, no es la actualmente predominante. Este nuevo perfil de la base laboral implica complejos tipos de situaciones de trabajo y esquemas de relaciones laborales que el movimiento sindical deberá tener en cuenta.

El sindicato tiene por ello, en cuanto a estandarte de una visión colectiva de la acción social, un papel central que jugar, y debe ser consiente de que sólo una acción cooperativa y organizada puede superar las tendencias individualistas de las nuevas generaciones, basadas en un contexto económico, político, social y cultural muy diferente del que hizo nacer el sindicato tradicional. (Ayala, artículo de Internet,1999)

Perspectivas del Movimiento Sindical Colombiano.

El sindicato, por antonomasia la asociación de trabajadores, que ha vertebrado por más de 50 años la historia del movimiento sindical, está en crisis. El sindicalismo actual no es reconocido como algo ”suyo” por la clase trabajadora. Se ha tornado en maquinaria burocrática para conseguir privilegios y escapar de las condiciones de trabajo que se imponen en esta sociedad del capital. Su alianza con el capital y el Estado lo han convertido en una articulación más del cuerpo institucional encargado del control social.

En los procesos de globalización económica de los últimos veinte años, la política está subordinada a la Economía. Existen dogmas incuestionables: el mercado, la competitividad, y la productividad, pilares sobre los que asientan el pensamiento único y la única política posible: el neoliberalismo.

En la década de los noventa, el sindicalismo se tornó corporativo, redujo la afiliación hasta quedarse sólo con los trabajadores fijos de las grandes empresas, o funcionarios. De la negociación colectiva, se hizo un "arte" para escenificar el consenso social, ya sea en los convenios, en los expedientes de regulación de empleo, los planes de empleo, los pactos para reducir el sistema público de pensiones, las reformas laborales o los acuerdos para privatizar servicios públicos. El sindicalismo reformista se ha implicado tanto en la institucionalización que ya es un aparato más del Estado, un instrumento más de control social.

Las características distintivas del sindicalismo en el principio de este siglo son la reducción de su actividad, de su afiliación y de su gestión a los empleados fijos (o funcionarios) de mediana edad que accedieron al "mercado de trabajo" en las décadas de los sesenta y setenta. La acción sindical se reduce a los centros de trabajo públicos y -en menor medida- privados donde todavía son respetadas, las garantías sindicales. Con estas prácticas, poco a poco se ha ido perdiendo el carácter de clase de las organizaciones sindicales, ya que la mayor parte de la clase trabajadora vive y labora soportando la “ley de la selva", donde impera el dominio del capital que convierte a la precariedad en la energía principal de las relaciones de producción, de las relaciones sociales. Paro, precariedad, trabajo informal o no remunerado son las condiciones de vida de un sector obrero joven.

Convertir el rescoldo en llamarada, la resistencia organizada y la insumisión en sindicalismo alternativo de cara al siglo XXI es la aspiración de todos los corazones libertarios; que el fantasma vuelva a recorrer nuevamente. Hay que volver la vista a la historia del movimiento sindical, la evolución del sindicalismo, la organización del trabajo y el control social, para contribuir a sentar las bases del sindicalismo alternativo.

El sindicalismo alternativo ha de plantearse la conquista de los derechos sociales, de la satisfacción de las necesidades básicas más allá de la mediación salarial (incluida la del salario social) mediante la reapropiación social. Reivindicar y demandar los derechos sociales no entra en contradicción con la reapropiación social de éstos. Son dos caras de la misma moneda. Se puede y se deben reivindicar los derechos sociales de la clase trabajadora (no sólo de los asalariados) luchando, haciendo huelgas, manifestándose, paralizando la actividad productiva y al mismo tiempo tomando lo que es un derecho de todos, reapropiándose de lo expropiado por el capital.

La reapropiación de derechos sociales ha de ser señal de identidad del sindicalismo alternativo, de un sindicalismo que sea autogestionario, que aspire a superar en la lucha la mediación salarial, la monetarización de mercancías, bienes y servicios.

La lucha por la autogestión de los derechos sociales es la respuesta del movimiento sindical a la terminación de la sociedad del bienestar; lucha que por reivindicación y reapropiación social abre nuevas vías al compromiso y a la militancia del sindicalismo alternativo. Un compromiso social que se siente motivado en la lucha contra la explotación, en el sentimiento de potencia colectiva y libertad individual, en la comprobación de que la lucha "rinde" y porque la reapropiación social pone a la autogestión en el orden del día. No hay duda que todo ello hará cambiar las estructuras y la composición del sindicalismo de siglo XXI.

Otra de las banderas del sindicalismo alternativo debe ser la de ir más allá de la centralidad del trabajo. Superándola, las relaciones jerárquicas y autoritarias se muestran en todo su esplendor en el capitalismo maduro. El sindicalismo alternativo es anti-militarista se opone a la lógica de la guerra y promueve la insumisión; es anti-autoritario e impulsa el desarrollo de la igualdad y la diversidad, la afectividad en las relaciones sociales.

El reparto de la riqueza y del trabajo, la lucha por una sociedad sostenible, antimilitarista y antiautoritaria en sus relaciones sociales van más allá de la centralidad del trabajo; constituye un sujeto de mil caras el obrero social: sindicalista, ecologista, feminista, insumiso. El sindicalismo del presente siglo necesita ponerse al día, será alternativo o desaparecerá. (García Rey, artículo de Internet).

El movimiento sindical colombiano a nuestro parecer deberá, en un futuro cercano, comenzar a propiciar el tipo de debates propuestos por el sindicalismo alternativo del siglo XXI, expuestos por García Rey.

Al igual, en esta discusión, el sindicalismo colombiano deberá convencerse de que mientras exista el trabajo como forma para la producción de los bienes materiales y de subsistencia de la humanidad, habrá intereses que defender y naturalmente existirá sindicalismo, seguramente con facetas diferentes a las hoy conocidas, pero sindicalismo al fin y al cabo.

El sindicalismo en Colombia no va a desaparecer, se va a renovar y conocerá nuevas formas de acción. De igual forma el sindicalismo debe resolver vicios internos y no ceder a los espacios conquistados frente a la ofensiva del capital, o será cada vez menos una fuerza social realmente capacitada para influir en la sociedad colombiana contribuyendo a su transformación y progreso.

Conclusiones

En Colombia, la implementación de las reformas neoliberales han traído secuelas económicas y sociales muy graves. Es indudable que el modelo de desarrollo impuesto ha deteriorado aún más la tradicionalmente inequitativa distribución del ingreso.

Las reformas legales que se implementaron a partir de la década del 90´, lesionaron y desarticularon el sector de los trabajadores y a su vez el movimiento sindical. Reformas laborales y de seguridad social como las Leyes 50, 60, 200 y 100, entre otras, informalizan, segmentan y dividen las tareas, los propósitos y la propia identidad de los trabajadores.

Las reformas puestas en práctica se orientaron a despojar a los trabajadores de las prerrogativas económicas cruciales adquiridas mediante un arduo proceso de lucha y negociación con los distintos regímenes conservador-liberales a lo largo del siglo pasado. La justificación del gobierno para adelantar la reforma laboral refleja su apropiación de un criterio netamente neoliberal según el cual los obreros y sus organizaciones sindicales, son responsables de todas las crisis de la sociedad capitalista, desde el desempleo y la inflación hasta el descenso de la productividad y las ganancias.

A nivel internacional la tendencia hacia el deterioro progresivo de las condiciones laborales corresponde al llamado proceso de reestructuración económica global, que incentivó el desplazamiento de las multinacionales hacia los países del Tercer Mundo en búsqueda de mejores condiciones de inversión.

La reforma laboral en Colombia fue concebida entonces como uno de los llamados pilares de la modernización de la economía, que busca el establecimiento del clima más apropiado para la inversión extranjera en el país.

Las principales modificaciones introducidas por la reforma y sus efectos sobre la situación de los trabajadores, se pueden observar principalmente a través del deterioro de las condiciones económicas y laborales, de la eliminación de la estabilidad laboral y del debilitamiento de la organización sindical.

En tal panorama de principio de siglo el movimiento sindical colombiano se ha visto directamente agobiado por el cambio de paradigma y la nueva fase de acumulación capitalista. Las reformas legales y la reestructuración capitalista, lo han puesto en una situación de descrédito, de desligitimidad y de ausencia de representatividad frente a los trabajadores.

Por tales razones el movimiento sindical colombiano deberá realizar un cambio estructural. El movimiento sindical colombiano no puede seguir fundando sus estrategias sobre promesas de futuro simplemente, por que ese futuro parece ser cada vez más incierto. Por el contrario debe readecuarse a las actuales exigencias del capital, planteando de esta manera un sindicalismo alternativo propicio para el siglo XXI.

En virtud de todos estos cambios las organizaciones sindicales ya no sólo tienen un papel reivindicativo económico sino que hoy en día los sindicatos deben desempeñar diversas funciones, entre las cuales se destacan: dar la palabra en la vida profesional a todos los que trabajan o quieren trabajar, contribuir a una distribución más armoniosa de los frutos del crecimiento y promover la estabilidad; impedir la exclusión social, la violencia urbana, las tensiones y los disturbios sociales; además de contribuir a erradicar la pobreza.

Así tenemos que los sindicatos de la actualidad deben actuar también por encima de los marcos de cada empresa para plantear la solución de problemas políticos, económicos y sociales que afectan directa o indirectamente a los trabajadores. Su participación en la política debe ser inevitable al igual que la ampliación de la estructura sindical de empresa a industria o formas más amplias.

Para finalizar, “pese a la aparente debilidad del sindicalismo, las organizaciones sindicales conservan su calidad de interlocutores esenciales en las relaciones de trabajo, y ninguna institución nueva parece estar en condiciones de suplirlas.”

* MIEMBRO de CIUDAD POLITICA. Docente Universitario. Colombia.


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Artículos de Internet.

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• ENTREVISTAS (dirigentes sindicales). Los Retos del Sindicalismo. Edición especial. En: Deslinde, Dic-Ene, 2002. www.deslinde.org/Dsl30/los_retos_del_sindicalismo.htm

• GARCÍA REY, Pepe. El Sindicalismo Alternativo del Siglo XXI. En: Revista Virtual La Izquierda Debate. www.eurosur.org/rebelion/izquierda.htm

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